Las guarimbas y el barranco, por Luis Vicente León

Las guarimbas y el barranco, por Luis Vicente León

Existe una preocupación genuina, en algunos políticos, analistas y personas ponderadas de la propia oposición, con respecto a la parte violenta de las protestas contra el gobierno que están teniendo lugar en varias partes del país. Y tal preocupación radica en que es imposible generalizar toda esa protesta marcándola con la etiqueta golpista. Puede que al principio hubiera algunas chispas encendidas por los grupos más radicales, pero ahora hay una parte de la población que, producto de una espontaneidad que ha sido generada por el desespero, no encuentra otro medio para manifestarse y siente que no es posible quedarse callado ante los atropellos y el deterioro de su calidad de vida. Es una expresión social que debe ser leída con mucho cuidado.

Es imposible generalizar la protesta nacional (incluso la que ha derivado en actos de violencia) como producto de un plan de desestabilización al gobierno o un intento de golpe de Estado. Dejando de lado por un momento el pragmatismo, es perfectamente comprensible el sentimiento de la gente que se desespera genuinamente ante lo que vivimos. ¿Cómo no sentirlo? Incluso quienes rechazamos las guarimbas o las acciones duras sentimos también la frustración y la rabia ante un modelo político y económico primitivo que nos aleja cada vez más del desarrollo y deteriora evidentemente nuestras vidas.

Esas personas quieren canalizar su energía en la búsqueda de una solución, pero no han encontrado nada ni a nadie que se las ofrezca de manera racional y estructurada. Y entonces explotan. Pero lo hacen sin tener ni un plan, ni un objetivo concreto ni una articulación formal. Y eso se traduce en una especie de estallido de acciones y emociones incontroladas.

Y no es su culpa no saber cómo expresarse eficientemente.

La culpa, o al menos buena parte de ella, es de un liderazgo perdido, dividido, desarticulado y pobre que no es capaz de conducirla ni de conectarla por rutas creativas, articuladas y más sofisticadas que tirar piedras o quemar basura en una calle que, además, es su propia calle y no la del destinatario de su protesta.

Y el peligro que se corre es que la canalización anárquica de esa energía no va sino hacia otra gran frustración, que ya se vivió en 2002 y que podría costar años superar.

Esta protesta de guarimbas no tiene quién la dirija y se concentra en atacar a los propios, en tu propia calle o urbanización, sin avanzar hacia quienes realmente rechazan ni convocan a quienes necesitan que se integren para convertirse en mayoría. Una guarimba no va para ninguna parte, excepto a destruir lo que no se debe destruir y a darle excusas al adversario para maquillar y esconder el fondo de los problemas. Problemas que siguen ahí, independientemente de que las formas no sean las correctas.

Y acá es necesario hacer una acotación: no estoy cuestionando el fondo que produce estas protestas ni el derecho a explotar cuando el desespero es lo que queda, ni si es verdad o no que habrá quienes se sientan mejor después de hacerlo, como quien grita de rabia para liberar tensión. El asunto es que mientras están haciendo la guarimba, la confianza de la gente en la capacidad para sustituir lo malo que tenemos y corregirlo se fulmina.

Dicho de una manera más llana: una guarimba asusta a quienes deberías estar enamorando.

Si lo vemos numéricamente, que es la forma más concreta que tengo para verlo, las encuestas muestran que una población que mayoritariamente estaba de acuerdo con la idea de protestar y el derecho a que la gente lo hiciera cada vez que lo necesitara, ahora perciben la acción de calle como una protesta sifrina, concentrada en las urbanizaciones de clase media alta y rica, que además no conectan con la población más pobre, aunque ésta debería ser la más deseosa de cambio.

Las guarimbas maquillan y eclipsan el fondo de la protesta, tanto que las mayorías no logran reconocerlo ni identificarse con ellas. Pero mucho más interesante es este segundo resultado: la mayoría de las personas rechaza las protestas como si quemar un caucho o retar a la guardia antimotines multiplicara por cero las razones de la protesta y la lucha para lograr que el gobierno atienda la demanda de la sociedad, esa demanda que quienes rechazan la guarimba también tienen. Y esta misma mayoría cree que se desbordaron sin orientación ni sentido, las perciben violentas y culpan a una oposición que, por cierto, aunque no asume ni la dirección ni la responsabilidad de las guarimbas, es la que tendrá que asumir los costos políticos en cuanto a la pérdida de soporte a esa propuesta.

El tercero de los resultados que es necesario contemplar es que Nicolás Maduro sigue manteniendo a la mitad de la población conectada con el chavismo, mientras que la oposición queda totalmente fraccionada en una batalla interna brutal por controlar la nada.

Es obvio que las circunstancias dividen a la oposición entre quienes creen que ésta debe ser una lucha por articular la mayoría y presionar al gobierno a que responda las demandas de la gente, camino hacia procesos electorales futuros que lleguen con una oposición en mejores condiciones de defender, como sea, sus derechos; y quienes sienten que esto no da más, que esperar es imposible y que vale la pena hacer lo que sea para que el gobierno se caiga ya, como si deseos preñaran. Y ahora aparece una pugna entre dos partes irreconciliables a la que hay que sumar la lucha de egos de los líderes que ven en esta batalla la oportunidad (o el riesgo) de tener o perder el liderazgo de su grupo.

Esto evidentemente no funciona. No me refiero a ser radical —una opción que yo, personalmente, rechazo como vía, pero entiendo que siempre es una alternativa en la lucha política—, sino a serlo de manera incompleta, anárquica y con líderes que convocan y luego evaden.

Es interesante pensar en políticos como Rómulo Betancourt, por poner un ejemplo individual, o los comunistas de la época de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, por poner un ejemplo colectivo. Ellos no se hacían pasar por inocentes a la hora de pedirle al pueblo que se rebelara contra el régimen establecido y sus argumentos para no estar presos no eran que ellos no convocaban la violencia y la rebelión.

Creo que las guarimbas no componen la vía de protesta. Para mí son un gran error. Pero los líderes que las promueven o quienes creen en ellas tienen que dar la cara y asumirlas plenamente. Deben estar al frente de lo que creen, defendiéndolo y asumiendo todos los costos y beneficios de la acción.

Por ahora, el resultado no es más que la destrucción de sus propias zonas, una desconexión de los proyectos políticos viables y de los sectores populares. Incluso, cuando algunas manifestaciones tienen lugar en un barrio, las fotografías se muestran durante todo el día en las redes sociales, como si se tratara de la demostración de una masificación de la violencia. No se dan cuenta que el hecho que cualquiera pueda  decir de memoria el nombre de los barrios puntuales en donde ha ocurrido una protesta sonora es una clara demostración de que lo han hecho muy pocos.

En resumen: se desconectan de los más pobres, se dividen los liderazgos y se raya la protesta de la mayoría opositora. Todo esto sin ningún beneficio palpable.

Lamento no tener un “To do list” que proponga qué hay que hacer como sustitución de la guarimba. Eso es algo de lo que debe encargarse el liderazgo opositor. Pero lo que sí es innegable es que la acción, justa y sentida, de algunos guarimberos (distintos a los golpistas, que también los hay) sólo empeora lo que todos queremos resolver.

Nada puede ser exitoso sin planificación, sin objetivos concretos y sin liderazgos claros.

De mantenerse esa vía, sólo veremos más frustración del lado opositor. Eso sí: con más basura en la calle de la que algunos se sentirán orgullosos de haber tirado, pero que todos tendremos que limpiar en silencio.

Nada de esto que digo descalifica la idea de protestar y de exigir. Pero el país opositor tiene que articularse en una lucha pacífica, ésa que vuelve loco al otro y no a ti mismo. Ésa que significa acompañar a la gente en su drama diario y demuestra que hay otra forma de gobernar y vivir.

La protesta es la vía, pero la guarimba… es el barranco.

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